Suspiria: El baile de las brujas [Review]

Luca Guadagnino se fue por el camino difícil. Tomó un riesgo y  salió airoso. Por ello, me parece justo reconocerle lo logrado, evitando mencionar en este texto el filme Suspiria de 1977.

Libre entonces de cualquier innecesaria comparación, podemos empezar diciendo que el filme de Guadagnino, más que una película de terror, es un thriller psicológico, inclusive con fuertes elementos de drama.

¿De qué trata?

Susie Bannion (Dakota Johnson) es una estudiante de danza contemporánea, quien llega a Berlin en los años setenta, para realizar una audición en una reconocida escuela de baile comandada por la reconocida bailarina Madame Blanc (Tilda Swinton). No pasa mucho tiempo hasta que el espectador se da cuenta que las cosas en esa academia de danza, donde además viven todas las estudiantes y las tutoras, no son normales.

Bien merecido tiene cierta escena, de ser incluida en múltiples listas sobre momentos más terroríficos o perturbadores del año. No solo por su violencia gráfica, sino por el trazo en la historia que la provoca y por su realización, propiamente el montaje de transición de dos coreografías muy distintas entre sí.

Por otro lado, las virtudes del filme no se limitan a un par de escenas sangrientas. Desde el inicio, con la hermosa melodía realizada por Thom Yorke, pasando por las interpretaciones de una siempre grande Swinton, y una Dakota llena de sensualidad y vitalidad en el baile, la extensa duración del metraje no se vuelve pesada.

Suspiria es un filme detallista, y es posible que un solo visionado no sea suficiente para capturar todo el simbolismo presente. La importancia en ciertas frases, gestos y miradas, inclusive hasta las improvisaciones en las coreografías de baile, nos  dan pistas de qué, y por qué, sucederán los acontecimientos del desenlace.

Pero…

Aún con todo lo bueno mencionado, el platillo servido no es un manjar. La subtrama de cierto personaje secundario resta atención y enfoque a la historia central. Por otro lado, luego del climax, el final no logra transmitir la sensación catártica requerida como dosis para lo que se acaba de ver, alargándose inclusive en demasía.

El resultado de las partes nos deja una película intensa. Sin duda, la obra más estrafalaria de Luca Guadagnino.

Michael Vargas

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